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La disciplina
El objeto de la disciplina es el control de las fuerzas instintivas
En la naturaleza todo está sujeto a leyes perfectas e inflexibles; si fallara alguna de estas leyes el mundo regresaría al caos.
Cuando nace un hijo se rige como cualquier animal por el instinto de supervivencia, pero pertenece a una sociedad evolucionada que ha desarrollado la conciencia y se gobierna por la razón. Para integrarse en ella necesita socializarse, es decir, aprender las “reglas de juego” de la sociedad. Esta labor sólo puede realizarse por medio de una disciplina.
La disciplina externa es necesaria pero no suficiente; sólo funciona mientras el hijo es presionado pero la presión genera resentimiento y rebeldía. Es necesario internalizarla. El hijo internaliza la disciplina cuando comprende que es necesaria para triunfar en la vida.
La disciplina debe convertirse en un hábito interno.
La disciplina no es un fin en sí, es un medio para...Por tanto, antes de implantarla es necesario establecer objetivos y metas importantes que respondan a las necesidades del hijo de modo que tenga interés y razones para actuar. Como podemos observa, la disciplina es parte de un proyecto educativo integral; si no existe el proyecto, carece de sentido.

Existe una disciplina externa basada en normas, premios y castigos. Esta disciplina es necesaria sobre todo en los primeros años. Como dice el refrán” El temor es el principio de la sabiduría”. El miedo excesivo inhibe pero un poco de temor estimula. Sin embargo, la verdadera disciplina es interna y se llama “autodisciplina”. Nace de la motivación, de la convicción y del espíritu de superación.

El hijo debe conocer las “reglas de juego de la vida” para saber a qué atenerse. La disciplina es un hábito; hay que enseñarle desde niño que sus derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás; que papá y mamá tienen derecho a su propio espacio.
Los padres deben aprender a negociar con los hijos. No se trata de ceder o de comprar su voluntad con regalos pues, el deber y la responsabilidad no son negociables. Se trata de escuchar al hijo, de permitirle que él decida sobre su propia vida, dentro de las reglas de juego. Los hijos necesitan sentirse libres y a la vez protegidos.
Las reglas de juego no pretenden controlar ni reprimir a nadie, su función es utilizar un código común que facilite la fluidez de las relaciones. Está prohibido salirse del código. Cuando se permite al hijo salirse de las reglas con frecuencia se está preparando el terreno para la desobediencia y para la rebeldía; de modo que, en vista de que los hijos son muy astutos y hábiles para salirse de las reglas de juego, los padres deben estar muy atentos.
Las reglas son como el cauce del río que permite canalizar el agua y utilizarla para el riego o para la producción de energía eléctrica. Cuando se rompe el dique el agua se sale de madre y devasta todo lo que encuentra a su paso.
Un hijo sin reglas es una amenaza: Los padres no pueden actuar como vigilantes de la ley porque esta actitud les convertiría en carceleros. Sencillamente deben limitarse a ser la voz de la conciencia y dejar que su hijo asuma las consecuencias de sus actos. Aplique los métodos que le ofrecemos para resolver conflictos; de este modo evitará enfrentamientos con su hijo.
Todas las leyes del mundo resultan insuficientes para controlar el instinto, la violencia y la corrupción, pero si logramos despertar el interés por el desarrollo y por los valores importantes, entonces actuarán las leyes internas de desarrollo y no serán necesarias tantas normas externas, ni premios, ni castigos.

La disciplina es una conducta aprendida, para que se internalice y se convierta en hábito es necesario un entrenamiento, una razón y un beneficio.

La disciplina, más que el cumplimiento de un reglamento, es una actitud, una forma de ser, de pensar y de actuar.
 
¿Dónde está el problema real de la disciplina?
Tenemos una idea equivocada de la disciplina al concebirla como exigencia y represión. El objeto de la disciplina es el desarrollo y la libertad. Pero somos hijos de una educación represiva y fuimos programados para ser los represores de las futuras generaciones. Como no sabemos estimular recurrimos al temor, al castigo o bien a comprar la sumisión por medio de premios, pero ninguna de estas conductas es eficaz.
Si conociéramos lo que significa el temor y los efectos desastrosos que produce a nivel físico y mental, jamás recurriríamos a él.
El miedo es el arma más primitiva que ha utilizado el hombre para “educar” y desde siempre ha sido la mayor causa de sufrimiento y de fracaso. Una persona atemorizada no puede pensar y no puede decidir. Como dice Peter Fletcher: “El miedo, primero desmoraliza y luego deshumaniza hasta que no queda de la persona más que la violencia ciega y bruta”.
La disciplina no puede basarse en recompensas, en amenazas ni en castigos, porque estas conductas hacen depender la disciplina del control externo.
El objeto de la disciplina es el desarrollo y la libertad pero los padres, con la mejor intención, sin duda, controlan a sus hijos por medio de estrategias de sometimiento.
Los hijos aprenden a aceptar esta disciplina porque necesitan sobrevivir, pero el precio que tienen que pagar es muy alto; deben renunciar a su iniciativa, a sus intereses, a su libertad y a su desarrollo. Al actuar en contra de su impulso vital, se represa en su interior la frustración, que luego se convierte en resentimiento y hasta en odio.
Pasan los años y los hijos se hacen hombres. En cada adulto vive un niño reprimido, lleno de temores, de frustración y de culpas que tiene muchas dificultades para decidir, debido a que su conducta obedece a pautas externas y no a criterios propios.
 

  ¿Qué hacer?
Hay que cambiar el concepto que tenemos de disciplina. El objeto de la disciplina no es controlar ni reprimir sino activar el desarrollo y la libertad; lo que significa, desarrollar la conciencia. La conciencia es la capacidad para valorar las cosas, conocer las consecuencias positivas o negativas de las decisiones tomadas y responsabilizarse de sí mismo.

Cuando un niño descubre su gran poder y lo maravillosa que es la libertad, crece con autoestima y desarrolla el espíritu de superación, el cual está reñido con la indisciplina y con la mediocridad; de modo que, si logra despertar en su hijo el amor por la superación y por la libertad, jamás tendrá problemas de disciplina, porque será responsable y no aceptará perder bienes tan valiosos.

Pero existe un problema; muchos padres no creen, no entienden y no aceptan que su hijo les supere. Es necesario un acto de humildad y de inteligencia para aceptar esta realidad.
De todas formas debe decidir si educa a su hijo en base a disciplina represiva, con lo cual quedará traumatizado para el resto de su vida, o si estimula en él el desarrollo y la libertad. Esta última decisión no garantiza que su hijo pueda desviarse en un punto del camino, pero puede estar seguro de que rectificará a tiempo porque, nadie que ha experimentado el sabor del éxito y de la libertad, está dispuesto a perderse en la frustración, en el vicio y en los placeres pasajeros.
Como ya señalamos, la disciplina no es un objetivo en sí, es sólo una condición para el desarrollo; pero nadie va a esforzarse en desarrollarse si no existe una razón importante y si no hay un beneficio real que justifique el esfuerzo.

Además existe otro problema. ¿En qué consiste el desarrollo? porque existen muchas ideas erróneas acerca del mismo. Para poder orientar a su hijo necesita conocer sus necesidades e intereses, además necesita haber alcanzado cierto grado de desarrollo personal, de lo contrario, carece de parámetros y de autoridad para imponerle una disciplina.

Aún tenemos otra dificultad; muchos padres no saben aplicar la disciplina. La disciplina no es una exigencia que se aplica cuando el hijo quebranta la ley. La disciplina es una forma de vida organizada, en la que existe el estímulo, el respeto, la orientación y unas reglas de juego lógicas y oportunas.
La disciplina no es una camisa de fuerza sino una opción personal basada en la conciencia, en el interés y en el sentido común; de modo que, más que imponer disciplina, ayúdele a desarrollar la conciencia, el interés y el sentido común.
En la medida en que un hijo crece con autoestima y seguridad, acepta de buen grado la disciplina porque sabe que es la condición para el éxito, pero cuando se siente frustrado se rebela contra la disciplina, o mejor dicho, contra los padres, porque han demostrado ser incapaces y causantes de su desadaptación.
La disciplina hay que aplicarla desde niños porque como todas las conductas tiene su proceso y debe ser asimilada en forma progresiva.
Cuando un niño experimenta el libertinaje, después, como el potro salvaje, se resiste a la brida. Como advierte el refrán. "Árbol que nace torcido difícilmente se endereza”.
La disciplina debe aplicarse con tacto pues, al ser humano no le agrada ser dirigido; no le gusta que le digan lo que debe hacer; de modo que, se rebela instintivamente contra toda forma de represión. Es mejor motivar y sugerir que ordenar y aconsejar.

Con frecuencia el problemas de las disciplina no está en la exigencia en sí sino en la forma poco respetuosa, autoritaria e inoportuna en que es aplicada; lo que hace que el hijo se coloque a la defensiva, porque siente que sus sentimientos son pisoteados.

Con demasiada frecuencia, los padres sienten que los hijos se les van de las manos y recurren a la fuerza, a la represión; pero esta actitud, lejos de resolver la situación, fortalecen la conducta rebelde del hijo, el cual siente placer al enfrentarse a sus padres, debido a que, esta situación fortalece su sentimiento de poder. Necesita sentirse poderoso para compensar la baja autoestima.
Necesitamos reemplazar la disciplina de tipo represivo por la autodisciplina basada en la motivación y en la responsabilidad.