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Educación Tradicional

La tradición es la forma de vida que se transmite de modo casi invariable de generación en generación. Los contenidos básicos de la tradición son: Principios, valores, creencias y costumbres. Estos contenidos se imponen de forma indiscutible y obligatoria, a través del proceso educativo
La educación tradicional se caracteriza por ser autoritaria y represiva. El problema de la educación tradicional no radica en los principios y valores que se transmiten, los cuales son correctos y constituyen la roca firme sobre la que podrá construir una vida segura y feliz; el problema está en la forma autoritaria de imponerlos.
Los niños de hoy no son los niños sumisos de antes. La humanidad ha evolucionado y se rebela contra toda forma de imposición.
La represión, más allá de los límites normales resulta inútil y dañina porque inhiben la energía y trastorna el funcionamiento del cuerpo y de la mente. Hace a las personas tímidas, inseguras y cobardes e indecisas, lo cual se paga caro a lo largo de la vida.
La finalidad de la educación no es el sometimiento a la ley, ni el cumplimiento del deber por el deber, sino el desarrollo, la autodisciplina y la libertad.
Para muchas personas, la educación tradicional es sinónimo de oscurantismo; pero debemos ser justos y reconocer que la educación tradicional ha ayudado a los seres humanos a convivir durante muchos siglos y sus principios religiosos, morales y sociales se han democratizado y constituyen la base de nuestras leyes y de nuestra cultura. Y debemos reconocer también, que nuestros esquemas mentales siguen siendo tradicionales, autoritarios y represivos. Inclusive, aquellas personas que se consideran muy liberales, son autoritarias de muchas formas, sólo que su autoritarismo es más refinado.
La tradición es la historia, es la experiencia de los siglos que contiene la sabiduría de la humanidad.
La historia familiar y la tradición son las fuerzas que modelan el espíritu en la infancia y lo programan para el resto de la vida. El ser humano es básicamente su pasado, por eso es tan importante una identidad familiar consistente.
Una persona y un pueblo sin identidad, sin sentido de pertenencia, pueden quedar incapacitados para asimilar otras culturas.
Cuando la familia carece de consistencia, los niños encuentran muchas dificultades para socializarse. Sienten que no tienen raíces y que no pertenecen a ninguna parte. Este sentimiento resulta muy doloroso y dificulta el desarrollo de la identidad psíquica y de la autoestima.
Cada familia tiene una historia, no importa lo humilde que ésta sea, lo importante es enseñarle al niño a sentirse orgulloso y digno de sus raíces.
Hay que enseñar a cada hijo que él constituye la punta de lanza de miles de generaciones que le han precedido y que han dado lo mejor de sí para que él pudiera nacer y triunfar. Todos sus ancestros le están observando desde el más allá y esperan que dé la talla. Creo que ésta es una idea fuerza que puede comunicar a los hijos un valor increíble y un sentimiento profundo de pertenencia a una familia muy extensa que le ama y que le apoya desde aquí y desde el más allá.
Es importante enseñarle que tiene un deber con las futuras generaciones y que debe prepararse porque es responsable de transmitir a sus descendientes los valores heredados de la familia.
Es conveniente contarles historias y hechos significativos de familiares; conservar fotografías y recuerdos que constituyen una herencia familiar. Recuerdo que en casa había una fotografía grande, un tanto descolorida por el tiempo. Era la fotografía de un tío de mi madre que se había graduado de médico. Yo nunca le conocí, pues había muerto hacía muchos años, pero esa fotografía vieja y descolorida se convirtió en un reto para mí.

A medida que pasan los años las personas tienden a regresar mentalmente a la familia, a recordar tiempos pasados. El tiempo implacable se va llevando todo lo que amamos: abuelos, padres, tíos y amigos. La única forma de no perderlos para siempre es recordarlos con afecto.

A medida que pasan los años, el mundo se hace más  extraño y ajeno y los buenos recuerdos de familia se convierten en los mejores compañeros de viaje; por lo cual, una buena relación con la familia es la mejor inversión para el futuro.
A la hora de educar es importante echar mano de la tradición, de los principios y valores que constituyen la estructura de la conciencia. No olvidemos que la naturaleza del ser humano es siempre la misma y, por tanto, sus necesidades, aspiraciones e intereses son los mismos ayer, hoy y siempre; aquí y allá. Y, lo que hoy es novedad, mañana entrará a formar parte de la tradición y a su vez, la tradición se actualiza cada día.
Los seres humanos siempre seremos tradicionales porque somos fundamentalmente pasado. Los contenidos de nuestra memoria son del pasado y cuando intentamos crear nuevas formas de vivir lo hacemos utilizando los recuerdos del pasado. Nadie puede desprenderse de su pasado, estamos condenados a cargar siempre con él.
La vida es profunda como el mar, avanza sin cesar, firme y poderosa; a veces se desata la tormenta y crecen las olas como una amenaza, pero pronto vuelve la calma. En realidad, sólo cambia la apariencia de la superficie, pero en el fondo, las corrientes marinas siguen impertérritas el mismo camino que han seguido durante millones de años.

Algo similar ocurre en la vida: Cada cierto tiempo surgen los “mesías” de la nueva sociedad y se producen “cambios sociales” que amenazan con destruir la tradición y la historia, pero pronto las cosas vuelven a su cauce. La razón está en que la naturaleza humana tiene sus leyes de evolución que escapan al control del hombre y se imponen por encima de todo condicionamiento externo.

Hoy muchos padres no saben cómo educar a sus hijos. Unos se aferran al autoritarismo y otros, para no pecar de anticuados, sueltan las riendas. Ambas conductas son erróneas y conducen al desastre.
Existen también los padres sobreprotectores que tratan de evitar a sus hijos los fracasos y las frustraciones; ignoran que los fracasos son grandes maestros que enseñan a vivir y olvidan que nadie puede proteger a los hijos de la vida.
Abundan también los padres permisivos y consentidores, que creen que éste es el camino más fácil para ganarse el respeto y el afecto de sus hijos. La experiencia enseña que los hijos consentidos terminan por convertirse en egoístas y tiranos.
La educación ideal es la educación democrática, en la cual se enseña a los hijos, desde pequeños, a tomar conciencia de la realidad de la vida y a asumir las responsabilidades propias de su edad. De esta forma los hijos aprenderán a usar su libertad y a sentirse protagonistas de su propia vida.
Los padres deben ser estimulantes y sugerentes en vez de dar consejos, criticar o reprimir; para lo cual necesitan cambiar ciertos esquemas mentales, pero esto sólo es posible si aprenden técnicas eficaces de educar.